CHASCARRILLOS VERACES: LA RANA VERDE – Santiago Maeso

El invierno en un pueblo castellano es largo. Largo y crudo. Y más para un chaval deportista en los 80. Poco que hacer: frontón, fútbol, tenis, campo a través, lo que se terciaba. Baloncesto no había. Aún.
Cuando llegó, lo hizo a lo grande. El entrenador llegaba desde la capital al pueblo en un Seat como el de la foto, “la rana verde” llamábamos al cacharro, que surcaba 100 km por carreteras locales todos los días de entrenamiento.

La entrada del pueblo era una recta larga de unos 500 m, luego se giraba unos 300m y poco después se encontraba el pabellón del pueblo (lo que viene a ser un frontón cubierto). Los chavales más pequeños, unos 10, se acercaban a la esquina antes de los 500m y desde ahí esperaban a que se oyera el traqueteo ruidoso del motor previo a la aparición de la rana verde. En ese momento, salían corriendo veloces hacia el pabellón gritando: “ ¡¡¡ya viene¡¡¡ ”. El calentamiento quedaba hecho antes de empezar. Y todos estábamos ya preparados en la cancha antes de que se pagara el rugido del motor.

Desde ese momento una treintena de chavales entre los 10 y los 30 años de edad, disfrutaban de 90 minutos, llenos de intensidad, con ese nuevo deporte que llegaba al pueblo: EL BALONCESTO.
Eran dos días por semana únicamente. Pero en cuestión de pocos meses había ya dos equipos federados en la liga provincial. Y nadie se perdía entrenamiento ni partido alguno. Los entrenamientos eran duros de verdad, acordes con nuestra tierra de origen y curtidos por el frío invernal que no nos dejaba calentar apenas las manos en la hora y media de pista. Grietas eternas en los dedos y callos en las manos. Vaho al respirar dentro del frontón. Pero nada nos paraba.

El propietario de la rana verde nos inoculó a todos en cuestión de días, horas diría más bien, un veneno benigno que nos entró en vena directa: La pasión por el baloncesto.
Cuando se debate sobre qué es ser un buen entrenador, se tocan todo tipo de aspectos y cuestiones muy amplios y variados.

Yo sólo lo definiría con esta frase: Un buen entrenador es aquel que te graba a fuego el gusanillo, la pasión por este deporte.


Lógicamente, el progreso individual es fundamental para crecer y motivarse mientras se aprende. Los fundamentos básicos se nos machacaban hasta la extenuación. Y ayudaban a que el veneno siguiera entrando en nuestro cuerpo. Cuanto más aprendimos, más queríamos aprender.

Luego fue justo, como agradecido, corresponder a lo aprendido procurando enseñar a otr@s.
Hasta la fecha.

Gracias GORDO. Eres leyenda, igual que la rana verde.

Santiago Maeso

Entrenador Superior de Baloncesto

@smaesobo

 

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