GRACIAS: ANDRES “EL GORDO” RODRÍGUEZ – Santiago maeso

Sirva este texto como homenaje de agradecimiento a alguien único. Un entrenador de los de verdad. De los que hay pocos.  Siempre fue ENTRENADOR, en mayúsculas, hasta el último segundo de su vida.

TRABAJO, DISCIPLINA, ESFUERZO, eran los tres valores que exigía a sus jugadores.

BOTE, PASE, TIRO, eran los tres fundamentos técnicos que trabajaba con nosotros hasta la extenuación.

FUERZA, RESPETO, APOYO INCONDICIONAL, eran las cualidades que nos aportaba desde su posición de jefe.

ENTUSIASMO, DISFRUTE, PASIÓN, eran los tres factores que introducía en todos y cada uno de sus jugadores con su dedicación generosa, sin límite de tiempo. Hiciera frío o calor.

La llegada de Andrés en la década de los 80 a Segovia fue huracanada. Tipo listo, empático, muy exigente. Se ganaba el respeto desde el minuto 1. Y te respetaba desde ese mismo minuto si tú cumplías con lo que te pedía. Desde ese momento, en Segovia, el baloncesto se convirtió en un deporte puntal en la ciudad. Recogiendo el testigo del mítico IMPERIO, Andrés acaparó los focos y el testigo y empezó una construcción tenaz, seria y vertiginosa del trabajo de formación en el baloncesto segoviano. De su mano, decenas de chavales aprendimos a amar este deporte y se convirtieron en gran número en seguidores y practicantes incondicionales del baloncesto.

Andrés te inoculaba en vena el amor por este deporte. Su fórmula: esfuerzo y sacrificio, repeticiones de los fundamentos básicos técnicos hasta el agotamiento y respeto máximo al jugador. En contraprestación las huestes del Gordo aprendíamos la base de este deporte a velocidad vertiginosa y con progreso exponencial día a día. Esta mejora continua te hacía confiar ciegamente en su trabajo. Y en la competición, íbamos a muerte con él. Un líder, maneja estos hilos y consigue adeptos. Un gran líder da un paso más y te gana para la causa consiguiendo que disfrutes y sufras compitiendo en la cancha. Andrés era de éstos últimos.

Te facilitaba recursos para poder competir (bote, pase, tiro, técnica individual pura), te obligaba a comprender lo que ocurría en la cancha y, por último, te orientaba a que tomaras decisiones en la misma. En defensa y ataque. A muerte con tu equipo. EL EQUIPO ES UNO. No permitía otra cosa. Y nos convenció hasta tal punto, que todos los jugadores junior y senior del equipo de entonces nos hicimos entrenadores.

Con el paso de los años, he podido comprobar que su base de trabajo sigue vigente, perfectamente válida. En algunos casos, algunos “reinventores” del nuevo baloncesto lo venden como nuevo. Pero es lo mismo que nos enseñó. Palabra por palabra. Estilo vintage ochentero, pero las tres palabras mágicas: BOTE, PASE, TIRO. Repeticiones. Sin distinción entre altos y bajos, rápidos y lentos. Todos por igual trabajando ésto hasta que se nos agrietaban las manos en las curtidas canchas segovianas.

Andrés, estampa de senador romano, mirada penetrante, barba eterna, voz que quedaba grabada en el cerebro de por vida; imponía su estilo y no dejaba margen para que se cuestionara: si no sabes botar, pasar y tirar no puedes jugar a este deporte. Y él se encargaba de que lo aprendieras, trabajando a destajo, pero disfrutando al máximo mientras lo hacías.

Cuando Andrés te daba una instrucción en cancha ejecutabas automáticamente. Así estaba establecido y todo el mundo conforme. Sin dudarlo. Él te recordaba que debías atender siempre sus instrucciones en cancha, pasara lo que pasara.

Sobre esto tengo una anécdota: 25 años después de verle por última vez, estaba viendo una final junior. Cancha repleta, unos 1000 espectadores. Mucho ruído. En un momento dado, oí algo, y automática e instintivamente giré la cabeza al lado derecho. Mi cerebro reaccionó y detectó una voz que le hizo ponerse en tensión y concentración máxima: Andrés el Gordo Rodríguez estaba a unos 25 metros de donde yo estaba sentado viendo el partido con la grada repleta y un ruido ensordecedor, había hablado con alguien e, inconscientemente, detecté su voz entre la multitud. Esa voz transmisora de instrucciones que, 25 años antes, había quedado grabada en mi cerebro. Fui a saludarle con afecto: Gordo, “he reconocido tu voz desde el otro lado del pabellón”. El respondió riendo y diciendo mi nombre y apellidos sin dudarlo. Recordaba a todos sus jugadores. A todos.

Hoy en día, sigo jugando (con peor o mejor fortuna, con mis fieles GASOLINOS) y entrenando con la misma dedicación y pasión por este deporte que, en su día heredé de la sabiduría de este ENTRENADOR, con todas las letras, que me enseñó a amar este deporte como modo de vida. Porque mi obligación es seguir con el legado que Andrés inició. Se lo debo.

GRACIAS ANDRÉS. De parte de todos.

 

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