La Meta del Baloncesto – Carlos Bernabé Rey

 María acaba de cumplir dieciocho años. Es una estudiante aplicada y quiere dedicarse a la educación cuando sea mayor. Juega al baloncesto desde que tiene memoria, siempre en el club de su localidad. Allí tiene a su equipo, amigas y amigos. Ese club para ella es como una familia.

María juega bien al baloncesto. Desde pequeña le gusta botar y pasar el balón. Tirar… bueno, digamos que se le da mejor pasar y botar. Ahora mismo es una de las bases de su equipo. Pero su mayor cualidad es eso que su entrenador llama actitud: María lucha cada balón; anima a todas sus compañeras pase lo que pase; asiste como ayudante a todos los eventos del club; nunca ha faltado a entrenar, ni estando enferma, lesionada o por motivos de estudios. Y estos comportamientos concretos son los que han llamado la atención de Alfonso, director técnico del club.

Alfonso es entrenador de baloncesto desde hace tantos años que ya ni recuerda la cifra exacta. Tampoco es de esos que van diciendo por ahí el número de años que lleva entrenando, como si fuese importante para valer más como entrenador. Al contrario, piensa que cada año es una oportunidad para seguir aprendiendo. Alfonso es una persona seria, con fuertes y arraigados principios. Se empeña en dar ejemplo, es perfeccionista y muy profesional en su trabajo. Pero sobre todo es una persona cercana, con una capacidad tremenda de empatía. El presidente del club le quiere como a un hijo, y hace ya mucho tiempo que le propuso ser el director técnico. Este año, como cada inicio de temporada desde que ocupa el cargo, Alfonso está buscando entrenadores a los que enseñar. Busca una persona que pueda ser un ejemplo para los más pequeños. Una persona a la que no le asusten los retos. Alguien con ilusión a raudales. Alfonso dirige un club de un pequeño pueblo, le gustaría contar con entrenadores expertos que entrenasen de forma eficaz los fundamentos a quienes empiezan a jugar al baloncesto. Pero al no tener esa posibilidad, piensa suplir la experiencia por las ganas de aprender. Y María es la candidata número uno.

En mayo, y tan ilusionada que no puede esperar a llegar a casa para contárselo a sus padres, María acepta sin pensárselo la propuesta de Alfonso. Por delante le esperan tres meses de formación para aprender a ser entrenadora. Después, en septiembre, el inicio con un equipo benjamín masculino de primer año. Además, el club va a becarla para que pueda sacarse el título de entrenadora asistiendo durante la temporada al curso impartido por su federación. María está emocionada. Va a comenzar un camino que le llevará a vivir experiencias inolvidables.

Es viernes, día uno de junio, y María asiste a la primera sesión de “Entrenamiento de Entrenadores” que ha organizado Alfonso. Además de María irán otros tres entrenadores jóvenes con ganas de aprender. María está nerviosa, pero con muchas ganas de empezar. Lleva una libreta en la que ha estado dibujando campos de baloncesto. Quiere estar preparada. Desea sacar el máximo provecho a estas sesiones de entrenamiento. Llega a la pista de baloncesto. Está vacía. Es extraño ver una pista de baloncesto vacía. Alfonso ha preparado un semicírculo con sillas en el centro del campo. Frente a esas sillas, una mesa y una pizarra. Curiosa, María se acerca. Allí espera Alfonso cargado con papeles y rotuladores. Se saludan con una gran sonrisa. Llegan los demás entrenadores, tres chicos, también jugadores del club. Tras saludarse y hablar brevemente entre ellos, Alfonso toma la palabra: “Bien, tomad asiento, vamos a comenzar”. Los cuatro jóvenes le miran expectantes, María abre su libreta y prepara el bolígrafo para no perderse nada. Alfonso continúa:

– Seguramente esperáis una larga lista de ejercicios que podáis utilizar en el futuro. Es lógico. Creo que también yo estuve recopilando ejercicios durante mucho tiempo para ponerlos en práctica con los jugadores que entrenaba. Además, es lo que vosotros habéis percibido directamente como jugadores. Llegáis a la pista y os encontráis dentro de un puñado de ejercicios que os hacen moveros y mejorar ciertas cosas durante una o dos horas. Como esos ejercicios los propone y dirige el entrenador, es normal pensar que se trata de nuestra herramienta de trabajo. Y, por lo tanto, vosotros esperáis tener las mejores herramientas. Pero antes de continuar, me gustaría haceros una pregunta: ¿Os parece que ese puñado de ejercicios de cada día tenía un sentido, como la carta de un restaurante: entrantes, primeros, segundos y postres? ¿O más bien tenéis la sensación de que eran platos sueltos al azar?

     Los cuatro jóvenes parecen no tener dudas de que se trata de la primera opción. Alfonso prosigue:

– Bien, entonces estaremos de acuerdo en que antes de dibujar unos ejercicios en el cuaderno, el entrenador ha tenido que pensar en el sentido de los mismos. Y ahora os pregunto: ¿En qué se basa el entrenador para elegir el sentido de sus ejercicios?

– María está pensativa. Nunca antes se había planteado esa pregunta. Los chicos también reflexionan. Finalmente uno de ellos dice: “Supongo que se busca un sentido para entrenar algo específico. O una mezcla de conceptos”. El resto asiente con la cabeza.

– Vamos por buen camino – dice Alfonso -. Según habéis comentado, los ejercicios se preparan siguiendo un sentido porque hay algo concreto que entrenar. Y deduzco que pensáis también que esos conceptos los ha elegido el mismo entrenador. Vamos a avanzar un poco. Ya tenemos unos conceptos que preceden a la elección de los ejercicios, y que finalmente marcarán el sentido de los mismos en cada entrenamiento. ¿Qué pasa entonces con estos conceptos? ¿Cuáles elegimos y por qué?

Con el bolígrafo entre los dientes, María levanta la mano derecha: “Elegimos los que necesiten nuestros jugadores. Por ejemplo, si no saben botar, el concepto sería mejorar su habilidad de bote”. Ahora los chicos asienten.

– Bravo María. Una forma de elegir los conceptos que marcarán nuestros entrenamientos es pensar en qué carencias debemos cubrir. Teniendo en cuenta, claro,  las características de los jugadores a los que vamos a entrenar. Ahora me gustaría hablar sobre qué debemos hacer para estar seguros de cuáles son sus carencias, cómo evaluarlas y cómo saber si seguir o no entrenando un concepto concreto. Pero hoy es el primer día y creo que debemos hablar de algo aún más importante.

“¿Aún más importante que saber qué conceptos elegir?”, piensa María. Ya tiene la sensación de haber avanzado en su razonamiento varios pasos de gigante. Cree que ya tiene la clave para ser entrenadora. Pensar en conceptos antes que en ejercicios. Marcar objetivos. Mejorar. Pero Alfonso parece tener reservado algo aún más relevante.

– Vamos a ser entrenadores de baloncesto. Todos lleváis practicando este juego más de diez años. Bien, ¿podríais decirme entonces, cuál es la meta de este deporte?

Los chicos abren los ojos. Se miran. María sonríe, desubicada. Alfonso deja que hablen entre ellos: “La meta de este deporte… ¿qué quiere decir? ¿Que si sabemos por qué jugamos? Quizá la meta sea lo más importante, para lo que realmente sirve el baloncesto… ¡Ya lo tengo!”, dice uno de los chicos: “La meta, lo más importante, ¡es ganar! Todo el mundo quiere ganar. Por eso jugamos”. Los demás lo ven igual de claro que él. Obviamente, en el baloncesto siempre hay dos que juegan para ganar.

Ganar. Eso es. Todo el mundo quiere ganar. Se recuerdan nuestras victorias, también algunas derrotas, aunque estas se nos quedan grabadas por lo dolorosas que pueden llegar a ser. Pero, esperad un momento. ¿Desde cuándo pensáis en ganar? ¿Queréis decirme que cada día de vuestra vida habéis venido aquí a entrenar con la única meta de intentar ganar, ya fuese en un uno contra uno o en un ejercicio de tiro? Os lo preguntaré de otra manera: ¿Vinisteis a ganar en vuestro primer día de baloncesto cuando teníais ocho años? O mejor aún… ¿Os apuntaron vuestros padres con el objetivo de “ganar”?

María vuelve a estar pensativa. Desde luego, más de tres veces en lo que va de tarde ha creído haber descubierto la clave para ser entrenadora. Y resulta que siempre había algo más importante en lo que no había pensado. La meta del baloncesto parecía claramente conseguir la victoria. Sin embargo, después de las preguntas de Alfonso está convencida de que no lo es, su intuición se lo dice. Los otros chicos parecen estar pensando lo mismo que María. Finalmente, uno de ellos responde: “No, claro que no...” María le ayuda: “Parece, por lo que estaba pensando, que a ganar nos enseñan. O mejor dicho, nos enseñan a tratar de ganar. Pero no parece que sea la meta principal, puesto que vinimos aquí un día sin saber de qué iba todo esto. Creo que… simplemente vinimos a pasarlo bien. Como niños… para divertirnos”.

 

Es una reflexión muy interesante. Creo que estamos muy cerca ya de la meta. En las siguientes reuniones hablaremos y conversaremos libremente sobre lo que significa ganar. Sobre si es una forma de aprender, o la manera en la que acabamos divirtiéndonos más. Sobre si es compatible con enseñar igualitariamente o no. Y también sobre las consecuencias, positivas y negativas, que tiene el objetivo de conseguir siempre la victoria. En una de esas reuniones os haré una pregunta muy importante, que os anticipo, y que algún día vosotros os haréis como entrenadores, al igual que yo me la he hecho a mí mismo tantas y tantas veces en todos estos años. Miraréis a vuestros jugadores y tendréis que preguntaros: ¿Voy a utilizarles para ganar, o voy a dejar que me utilicen para aprender? Y, ¿dentro de ese concepto al que llamamos “aprender”, cabe también el concepto “ganar”? Ya llegaremos hasta ahí en los próximos días. Ahora terminemos con lo más importante, la meta. ¿Cuál es entonces la meta en nuestro deporte? Habéis hablado de diversión, de jugar, de pasarlo bien…

¿Qué significa eso exactamente?

 

Casi respondieron a la vez: “Ser felices”. Sí, los jugadores juegan porque haciéndolo son felices. Y entonces María pensó en sí misma en ese instante, escuchando a Alfonso. Era su primer “entrenamiento” como entrenadora. Y fue consciente de cuánto le había emocionado la idea de ser entrenadora. Recordó la llamada a sus padres. Hacía esto porque le hacía feliz. Y un jugador, en el inicio de los inicios, hacía exactamente lo mismo, jugar para ser feliz. Incluso sin saberlo, ambos perseguían aquello. Era la meta, sin duda.

– Lo tenéis. Es cierto que la palabra “felicidad” está muy generalizada y no expresa de manera exacta lo que perseguimos. Pero popularmente, sí, corremos sin parar tras la felicidad. Experimentar sensaciones positivas, satisfactorias. Y decirme, ¿es el baloncesto una manera de acercarnos a esa meta? ¿Habéis experimentado vosotros esa sensación alguna vez gracias al baloncesto?

 

Todos estaban de acuerdo. Sí. Rotundamente sí. Y de mil maneras diferentes. El baloncesto les había hecho disfrutar tanto que casi no podían expresarlo con palabras. Eso debía de ser la felicidad. Alfonso parecía satisfecho y siguió:

– Ahora que sabemos cuál es la meta, ¿qué vamos a hacer como entrenadores? ¿Cuál debería ser nuestro primer paso, nuestro primer movimiento, si esto fuese una partida de ajedrez, para alcanzar la meta?

– Hacerles felices – dice uno de los chicos.

– Pero ¿cómo? – le contesta otro de ellos.

María se reserva la respuesta más obvia. Está pensando en aquello que hace reír a los niños. Juegos. Pero el baloncesto es más que eso. Piensa qué le hace más feliz a ella como jugadora. Dar un buen pase. Una asistencia. “Cuando me escapo de mi defensora, engaño a la ayuda y dejo a una compañera sola. Le paso el balón sin mirarla, y anotamos. Madre mía qué feliz soy en ese momento”, piensa. María sonríe y muestra impaciencia mientras los chicos hablan. Ya tiene la respuesta que busca Alfonso, está segura, y dice:

– Vamos a hacerles felices enseñándoles. Consiguiendo que hagan cosas que antes no sabían hacer. Consiguiendo que sean habilidosos y puedan usar esas habilidades para ser valiosos. Y…

– Espera, espera, María. Vas demasiado rápido – dice Alfonso -. Estoy muy sorprendido. Yo no lo hubiera explicado mejor. Has llegado a una conclusión muy importante. Las personas somos más felices cuando mostramos nuestras habilidades. Y más aún, cuando esas habilidades que mostramos resultan útiles para conseguir aquello que más deseamos. Por lo tanto, la tarea del entrenador comienza a aclararse. Gracias María. El entrenador debe ser capaz de enseñar nuevas habilidades a sus jugadores. Apuntamos este tema para la siguiente sesión: Esas nuevas habilidades, ¿de qué tipo? ¿Individuales o de equipo? ¿En qué porcentaje? ¿Las habilidades son sólo sobre el deporte en cuestión o también sobre aspectos sociales? Por ahora vamos a manejar el concepto “habilidades” de forma general, ya lo desintegraremos en las sucesivas reuniones. ¿Vosotros estáis de acuerdo con María?

 

  Los tres chicos responden afirmativamente y felicitan a María por su intervención anterior. Ya hace rato que han dejado los cuadernos en el suelo. Ahora sólo quieren estar atentos y reflexionar.

– Bien, sigamos entonces por ahí. Hemos llegado a la conclusión de que vamos a ser herramientas para que los jugadores adquieran nuevas habilidades. Habilidades que incrementarán la probabilidad de acercarnos a la meta. La satisfacción más alta y en mayor frecuencia. Lo que solemos llamar popularmente, “felicidad”. ¿Qué es necesario saber para enseñar habilidades, si es que eso es tan importante en nuestra profesión?

 

Uno de los chicos responde rápidamente: “Hay que saber de la materia que estás impartiendo, como un profesor de mates. Pero en nuestro caso, baloncesto. Y… Bueno, nosotros cuatro sabemos bastante, porque lo practicamos y hemos tenido otros entrenadores. Digamos que seríamos capaces de enseñar cosas básicas”.

– Estoy totalmente de acuerdo contigo – responde Alfonso -. Además, tenéis la motivación suficiente como para hacerlo muy bien. Si bien has mencionado, poniendo un muy buen ejemplo, que un profesor debe saber de su materia para poder impartirla. Quiero preguntaros algo al respecto. ¿Os habéis encontrado alguna vez con algún profesor que fuera experto en su materia pero, según vuestro criterio, muy malo enseñando?

Los cuatro responden “sí” casi a la vez. Están de acuerdo al cien por cien. Hay profesores que saben muchísimo, pero no saben enseñar. Entonces a María se le ocurre que quizá haya algo más importante aún. Saber enseñar. Lo menciona con la boca pequeña, no está del todo segura. Alfonso parecía estar esperando esa respuesta:

 

– Chicos, estáis avanzando a una velocidad increíble. Y debo deciros más, me estáis haciendo reflexionar a mí también. Creo que estoy aprendiendo algunas cosas aquí sentado con vosotros. Efectivamente, parece que sería un desperdicio ser experto en una materia y no saber enseñarla, si te dedicas a eso. Por lo tanto, parece que tenemos un nuevo concepto al que atender: El aprendizaje. ¿Sabéis qué es el aprendizaje y cómo se produce? ¿Cómo facilitarlo? ¿Cómo incrementar la probabilidad de aprendizaje? Decidme…

 Los cuatro se han quedado callados. Se acaban de dar de bruces contra el tema más difícil. Uno de ellos tiene una idea y, envalentonado, la suelta al aire: “¡Habrá que estudiar el cerebro!” Los cuatro ríen y Alfonso le mira con atención:

 

– El cerebro. Bravo. El instrumento de los instrumentos. Se nos antoja complicado hablar sobre él. Pero diste en el clavo. Es la herramienta de nuestro organismo que maneja eso que estamos llamando aprendizaje. Intentando simplificarlo al máximo, por favor, ¿podríais decirme qué función tiene el cerebro exactamente en cuanto al aprendizaje se refiere?

– Almacena información. Y le da órdenes al cuerpo para que haga cosas – dice uno de ellos.

– Y, ¿de dónde saca esa información el cerebro? – continúa Alfonso.

– ¿Del exterior? – pregunta María.

– Exacto, de todo aquello que nos rodea. Ya sean personas, naturaleza, objetos, situaciones… Decís que saca la información del exterior, la almacena, hace algo con ella y después, sin más, ordena al cuerpo hacer ciertas cosas. ¿Es así? ¿Para qué ordena al cuerpo hacer esas cosas?

– Para… sobrevivir – dice uno de los chicos.

– ¡Lo dices como si fuera poco! – le responde Alfonso.

 Todos se echan a reír. La verdad es que parece un tema demasiado complicado. Desde luego, el organismo humano se las trae… es digno de ser estudiado a fondo. Alfonso decide proseguir con el hilo de la supervivencia:

– Parece que nos estamos alejando del baloncesto. Pero no es así. En vuestra futura experiencia descubriréis que una de las maravillas de este deporte es que la pista de baloncesto, y todo lo que en ella ocurre, resulta una increíble metáfora de la vida misma. Voy a ayudaros un poco para salir con éxito de este razonamiento. Al actuar para sobrevivir, ¿estamos dominando, en cierto modo, nuestro mundo? ¿Estamos modificando o cambiando algo a nuestro alrededor? Incluso cuando escapamos corriendo de un peligro, ¿no estamos reescribiendo nuestro futuro gracias a una acción de nuestro organismo? Y, como decíais antes, ¿es esa acción fruto de un aprendizaje almacenado de alguna manera en nuestro cerebro? ¿Es ese aprendizaje fruto, a su vez, de una información que viene del exterior de nuestro organismo? Chicos… ¿Cómo se llama la disciplina académica que estudia el comportamiento de las personas en relación con su entorno, los procesos de aprendizaje…?

 María no le deja terminar la pregunta. Gracias a Alfonso, acaba de cobrar vida dentro de su cabeza una conexión entre lo que ella quiere estudiar cuando acabe el bachillerato y su deporte favorito. “La psicología” dice María muy contenta.

– Exactamente, la psicología es la disciplina que estudia esos procesos. Y es lo que nosotros como entrenadores usaremos, queriendo o no, durante cada entrenamiento y cada partido. Porque chicos, seremos los responsables de ofrecer un entorno que provoque aprendizajes. Y una vez los hayamos provocado, tendremos en nuestra mano la posibilidad de ayudarles a utilizarlos. ¿Qué os parece entonces si comenzamos por ahí en nuestra siguiente sesión de entrenamiento? ¿Estáis de acuerdo? ¿Os parece lo suficientemente importante para ayudarnos a alcanzar la meta?

 Los cuatro están satisfechos. Sorprendidos. Y, a la vez, tienen la impresión de que les queda un mundo por recorrer. Pero no son conscientes aún de que han comenzado con muy buen pie. Han comenzado por el principio.

A punto ya de irse, María se gira y ve a Alfonso recogiendo las sillas. No puede resistir la curiosidad. Una pregunta la está comiendo por dentro. Se acerca hasta él y, confiada, le dice: “Gracias por haberme enseñado tanto hoy. He reflexionado sobre las cosas importantes, no sólo en el baloncesto. Creo que esto me va ayudar en otros aspectos de mi vida. Pero, tengo una pregunta, si no te importa”.

– ¡Adelante! – la anima él.

– Todo este tiempo, durante la reunión, he tenido la sensación de que no nos diste ni una sola respuesta. Y al mismo tiempo, también tengo la sensación de que nos las diste todas. ¿Cómo lo has conseguido?

Alfonso sonríe. Desde luego, María es una persona muy inteligente. Va a ser un placer trabajar con ella a partir de ahora, piensa.

– Te has dado cuenta del primer principio del aprendizaje, María. Aquello que aprendemos buscando nuestras propias respuestas, probando, practicando… Se aprende antes y con mayor satisfacción. También es más probable que resulte útil en el futuro. Mucho más que si nos lo imponen, o nos obligan a hacerlo.

– ¿Dónde has aprendido tú todo esto Alfonso? – pregunta María, sorprendida.

– Tuve un buen maestro.


Este texto está dedicado a Alfonso, entrenador de jugadoras a las que inspira a seguir aprendiendo dentro y fuera de la pista; entrenador de entrenadores, a los que animo con todas mis fuerzas a buscarle y aprender con él. Y entrenador de padres y madres, a los que ayuda a seguir disfrutando con sus hijas todos los días, después de cada entrenamiento.

Carlos Bernabé

Mayo 2018


MOTIVOS POR LOS QUE JOTA CUSPINERA SE ASOCIA